Este bendito yo por Thomas Harris
Casas fantasmas
En su entrega de hoy,Thomas Harris, poeta y jefe del Archivo de Referencias Críticas de la Biblioteca Nacional, nos invita a reflexionar sobre las casas abandonadas.
04/04/2016
Fuente: Biblioteca Nacional
Creo en las casas fantasmas. O más bien: que en las casa quedan huellas de sus habitantes pretéritos estampadas en la ausencia de los muebles, de los objetos, de los utensilios, de los floreros y los libros, en fin, de todas las cosas que pasaron a ser algo así como el organismo de la casa cuando la habitaban sus antiguos moradores. Porque primero nos vamos nosotros, por viajes, por nuevas casas o ciudades, por rupturas amorosas o familiares, o porque envejecemos y la casa ya es demasiado para dos ancianos que no pueden con tanto espacio, o porque, solamente morimos. Después se van yendo los objetos como si tuviesen vida propia, como en un cuento de Mauppasant, pero no regresan a la casa como en el cuento: simplemente se diluyen en las circunstancias que los van arrojando fuera de la casa, ya no objetos sino estorbos; finalmente es la casa la que termina por derruirse, o desmoronarse sobre sí misma, como la casa de Usher, porque sus habitantes estaban enfermos, o porque la casa misma ya tenía una grieta, una herida, que la atravesaba de cima a sima, y era inevitable que se desmoronara sobre el estanque de aguas azufrosas y malsanas donde estaba emplazada. O por motivos más banales como la especulación mobiliaria. Entretanto, mientras se produce este paulatino Anabasis, y esta irrevocable metamorfosis, las huellas dactilares de los viejos moradores quedan en los muros, en los interruptores, o antes, cuando todavía había objetos y muebles, en las tazas y los libros, en el escritorio y algunas figuritas mexicanas, una calacas multicolores u otro recuerdo de viaje, el gallo colorido de Portugal o en niñito meón de Bélgica. Y también la forma de las cabezas ya encanecidas en las almohadas amarillentas, un cabello quizá, la piel removida en las sábanas que ya se han entristecido como mortajas. Y cuando la casa cae sobre el lago de fango pestilente, y ya regresa a nuestra vejez en forma de sueños, llega siempre derruida, nunca con los brillantes colores de antaño, cuando la felicidad y la plétora hacía esplendente cada una de sus habitaciones, jardines y balcones. A veces cierro los ojos y veo cajas de embalaje de cartón formando filas o ya arrumbándose una sobre otra. ¿Qué contienen que ya no está en el estante donde solía? ¿Y por qué se borra tan rápidamente esa presencia de mueble que lo albergó durante tantos años? Cae la noche y los fantasmas encarnan descarnados, más bien en crujidos de madera, en puertas que se golpean por los efectos de una corriente de aire. Las voces de los vecinos se cuelan por entre las rendijas de la ausencia, porque una ausencia tiene que ir apoderándose de la casa para que se entristezca así, y frunza una ventana y tuerza una puerta como mueca. Alguien se va de aquí, piensa entonces uno. Una partida se prepara. Y quizá sea irrevocable y sin regreso. Entonces recuerdo el poema de Cavafis "El sol de la tarde": "Esta pieza, qué bien la conozco./ Ahora se/ arrienda y también la del lado/ para oficinas comerciales. Toda la casa transformó/ en oficinas de corredores, y de comerciantes, y de Compañías./
Ah esta pieza, cuán conocida me es./ Cerca de la puerta aquí estaba el canapé,/
y delante de él una alfombra turca;/cerca el estante con dos floreros amari1los./
A la derecha, no, al frente, un armario con espejo./ En el centro, la mesa donde escribía;/ y los tres grandes sillones de mimbre./ Junto a la ventana estaba la cama/ donde nos amamos tantas veces./ En algún lugar deben estar esas pobres cosas./Junto a la ventana estaba la cama./ El sol de la tarde le llegaba a la mitad./
...Una tarde, las cuatro, nos habíamos separado/ por una semana solamente... Ay de mí,/ esa semana se volvió siempre". Suele ocurrir: alguien parte, por una semana, y esa semana puede ser para siempre; o no, esa semana puede ser esa semana, y el que partió regresa; pero es imposible saberlo: cuando uno parte la incertidumbre es la grieta que hace que la casa tiemble, que los objetos suenen sin motivo, que la noche comience a llenarse de corrientes de aire, que alguien que no existe gima en un rincón, según Gastón Bachelard en La poética del espacio, es el más sórdido de los lugares.







