CINENCICLO y la última actividad del año 2007
A 100 años de la Masacre Obrera en la Escuela Santa María de Iquique
CINENECICLO se adhiere a la conmemoración de los 100 años de los hechos acaecidos en Iquique en el año 1907.
19/12/2007
Fuente: Museo Regional de Atacama
[!b:CINENCICLO], como última actividad del año 2007, se suma a las múltiples expresiones de homenaje y memoria, exhibiendo este viernes 20, a un día de cumplir un centenario de estos infelices hechos, la "Cantata de Santa María de Iquique", del destacado músico chileno [!n:www.luisadvis.scd.cl/ [!b:Luis Advis]], en la célebre y recordada interpretación del conjunto [!n:www.es.wikipedia.org/wiki/Quilapay%C3%BAn [!b:Quilapayún.]] [!b:Señoras y señores venimos a contar aquello que la historia no quiere recordar......] ".........Eran las tres y cuarenta y ocho minutos de la tarde del sábado 21 de diciembre --el viento del mar aún no comenzaba a correr en Iquique--, cuando el general Roberto Silva Renard, desde lo alto de su cabalgadura blanca, bajó el brazo dando la orden de fuego. Al instante, el piquete del O'Higgins hizo su primera descarga hacia la azotea de la escuela en donde, de pie frente a la plaza, rodeados de banderas y estandartes, con la actitud serena de los que saben que luchan por algo justo, permanecían unos treinta dirigentes del Comité Central. A la descarga de la fusilería varios de ellos cayeron sobre el tumulto que cubría la puerta y las rejas del patio exterior. Acto seguido, el general ordenó al piquete de la marinería sitiada en la esquina de la calle Latorre, que disparara justamente hacia el frontis del local en donde se amontonaba el grueso de los huelguistas más arrebatados y bulliciosos. Era tal la confianza nuestra y la de toda la gente respecto de que el ejército chileno jamás cometería el crimen de disparar sus armas sobre compatriotas indefensos, que mientras los de adelante, muchos con el cigarrillo humeante en los labios, caían perforados por los tiros de los fusileros, los de más atrás gritaban a voz en cuello, convencidos sinceramente de sus palabras, que no había de que asustarse, hermanitos, que sólo eran balas de fogueo. Sin embargo, los que vimos caer acribillados junto a nosotros a los primeros compañeros de trabajo, a los amigos de toda la vida o a nuestros propios familiares, y que espantados por la visión tratamos de desbandarnos en oleadas hacia las calles laterales, fuimos obligados por la tropa que rodeaba el lugar, a punta de lanza y disparos de fusiles, a volver al centro de la plaza en donde la confusión era infernal. Pero las descargas de los fusileros eran sólo el prefacio, el preludio de la sinfonía terrible que las ametralladoras comenzaron a entonar enseguida en el anfiteatro de la plaza Montt. Al barrido de su martilleo tronante, otros tantos cuerpos de dirigentes cayeron sobre la multitud produciendo un arremolinamiento tal que, de pronto, sin tener hacia donde correr, nos vimos empujados en torrente hacia el lugar mismo en donde estaban emplazados esos armatostes del demonio vomitando sus sonámbulos fogonazos de muerte. Luego de una segunda barrida hacia el balcón central, las ametralladoras modificaron su alza, bajaron sus bocas de fuego en dirección a la masa de gente que rebasaba el frontis de la escuela y, sin ninguna conmiseración por niños y mujeres, comenzaron a rugir su balacera mortal" (H. R. L.; Santa María de las Flores Negras)






